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Una Luz De Esperanza

 

En la vida hay situaciones que no podemos controlar, nadie esta libre de sufrir enfermedades, accidentes, tragedias, circunstancias difíciles que nos lastiman, nos hieren y nos marcan, situaciones que en muchas ocasiones escapan de nuestro control.

Veremos un ejemplo en la Biblia acerca de la historia de la hija de Jairo:

Estaba hablando aún, cuando vino uno de la casa del principal de la sinagoga a decirle: Tu hija ha muerto; no molestes más al maestro. Oyéndole Jesús, le respondió: No temas; cree solamente, y será salva.

Entrando en la casa, no dejó entrar a nadie consigo, sino a Pedro, a Jacobo, a Juan, y al padre y a la madre de la niña. Y lloraban todos y hacían lamentación por ella. Pero él dijo: No lloréis, no está muerta, sino que duerme. Y se burlaban de él, sabiendo que estaba muerta. Mas él, tomándola de la mano, clamó diciendo: Muchacha, levántate. Entonces su espíritu volvió, e inmediatamente se levantó; y él mandó que se le diese de comer. Lucas 8:49-55

La historia de la hija de Jairo muestra un panorama desgarrador y trágico, ya que se observa una persona a punto de morir, sin que alguien pudiera hacer algo al respecto;  aparentemente sólo queda resignarse, bajar los brazos y decir: “ya no se puede hacer nada”. Eso es lo que prácticamente estaba sucediendo con las personas que presenciaban tal escena, no había una luz de esperanza, ya no se podía hacer nada.

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¿Cuántas veces nos hemos sentido así? En muchas ocasiones  nos hemos identificado con la historia de Jairo cuando atravesamos una enfermedad, tragedia o situación difícil, cuando parece que lo único que queda es la resignación.

Sin embargo, vemos en la historia que no todo  tiene que  ser así, aprendemos que frente a una situación imposible como la muerte Dios puede hacer el milagro. Cuando las circunstancias pinten un panorama oscuro, cuando las personas dicen que no se puede hacer ya nada, cuando todo alrededor se muestra adverso, Dios puede hacer su obra.

Estimado(a) hermano (a) siempre debemos tener fe y creer que Dios puede hacer algo, que sólo Él tiene el poder para hacer milagros. Cuando la gente no cree, cuando están resignados se necesita la fe de Jairo. ¡No hay nada imposible para Dios!

Mi fe

 

¿Se ha preguntado lo que Jesucristo está haciendo, ahora que Él ha ascendido al cielo? Hebreos 10:10-14 nos dice que después de ofrecerse a sí mismo como sacrificio por nuestros pecados, se sentó a la diestra de Dios. El versículo 13 nos podría llevar a creer que Él está simplemente sentado allí esperando el momento cuando Él venga de nuevo a gobernar y reinar en la tierra. Pero si tenemos en cuenta otros pasajes, pronto nos damos cuenta de que Él está bastante activo a favor de nosotros.

En primer lugar, a pesar de que el Hijo está con el Padre en el cielo, Él también reside dentro de cada creyente en la persona del Espíritu Santo, a quien Él envió para estar en nosotros y con nosotros (Juan 15:26; Romanos 8:9 -10). Cristo está trabajando activamente dentro de usted para darle forma a su carácter y potenciar su obediencia.

También, Jesús vive para interceder por aquellos que creen en Él (Hebreos 7:25). Él hace peticiones por nosotros y trae nuestras oraciones ante el Padre.

Finalmente, vemos en 1 Juan 2:1-2 que Jesús es nuestro abogado cuando pecamos. Posicionado entre nosotros y el Dios santo, Jesucristo declara nuestra posición justa a causa de su sacrificio y nuestra fe en Él.

Es más, Cristo está preparando un lugar para nosotros en el cielo (Juan 14:1-3). También está preparando todos los eventos necesarios para su regreso.

Jesús está ocupado en el cielo efectuando la voluntad del Padre. Y nosotros, como sus seguidores, debemos de estar haciendo lo mismo. Él nos salvó con el fin de reflejar su vida en nuestro trabajo, actitudes, palabras y comportamiento. Somos Su cuerpo - Sus ojos, sus oídos, su voz, sus pies y sus manos - que señalan a otros hacia Él.

Tomado de "Jesús está Vivo y Activo" de In Touch Ministries (usado con permiso).

¿Te Sientes Perdido?

 Pregunta: "¿Pude el hombre vivir sin Dios?"

Respuesta: Contrario a lo que han afirmado los ateos, estetas, y epicúreos a través de los siglos, el hombre no puede vivir sin Dios. El hombre puede tener una existencia mortal sin reconocer a Dios, pero no sin Dios.

Como el Creador, Dios originó la vida humana. Decir que el hombre existe independientemente de Dios, es como decir que un reloj puede existir sin un relojero que lo fabricara, o que un escrito pueda existir sin un escritor. Debemos nuestra existencia al Dios a cuya imagen fuimos hechos. (Génesis 1:27). Nuestra existencia depende de Dios, ya sea que reconozcamos Su existencia o no.

Como el Sustentador, Dios continuamente confiere vida (Salmo 104:10-32). Él es la Vida (Juan 14:6), y toda la creación subsiste por el poder de Cristo (Colosenses 1:17). Aún aquellos que rechazan a Dios, reciben su sustento de Él: “… que hace salir Su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos.” (Mateo 5:45) Pensar que el hombre pueda vivir sin Dios es suponer que un girasol pueda vivir sin luz o una rosa sin agua.

Como el Salvador, Dios da vida eterna a aquellos que creen. En Cristo hay vida, quien es la luz de los hombres (Juan 1:4). Jesús vino para que pudiéramos tener vida “en abundancia” (Juan 10:10). A todos los que ponen su confianza en Él, se les ha prometido vivir una eternidad con Él (Juan 3:15-16). Para que el hombre viva – realmente viva – debe conocer a Cristo (Juan 17:3).

Sin Dios, el hombre sólo tiene una vida física. Dios les advirtió a Adán y Eva, que el día que ellos lo rechazaran, “ciertamente” morirían (Génesis 2:17). Como sabemos, ellos sí desobedecieron, pero no murieron físicamente ese día; sino que murieron espiritualmente. Algo dentro de ellos murió -la vida espiritual que habían conocido, la comunión con Dios, la libertad de gozar de Su presencia, la inocencia y pureza de sus almas—todo se acabó.

Adán, quien había sido creado para vivir en compañerismo con Dios, fue maldito con una existencia completamente carnal. Lo que Dios había planeado que fuera del polvo a la gloria, ahora debía ir del polvo al polvo. Al igual que Adán, en la actualidad, el hombre sin Dios, aún funciona en una existencia terrenal. Como tal, aún puede parecer feliz; después de todo, hay goce y placer en esta vida.

Hay algunos que rechazan a Dios cuyas vidas están llenas de alegría y diversión. Su búsqueda carnal parece haber producido una existencia gratificante. La Biblia dice que hay cierta medida de deleite que se obtiene del pecado (Hebreos 11:26). El problema es, que éste es temporal; la vida en este mundo es corta (Salmo 90:3-12). Tarde o temprano, el hedonista, como en la parábola del hijo pródigo, encuentra que el placer mundano es insostenible (Lucas 15:13-15).

Sin embargo, no todo el que rechaza a Dios es un libertino. Hay mucha gente no salva, que aún así viven vidas sobrias y disciplinadas—vidas plenas y felices. La Biblia presenta ciertos principios morales, que benefician a todos en este mundo –fidelidad, honestidad, autocontrol, etc. Proverbios 22:3 es un ejemplo de tal verdad general. Pero, de nuevo, el problema es que, sin Dios, el hombre sólo tiene este mundo. Pasar por esta vida tranquilamente no es garantía de que estemos listos para la vida después de ésta. Ver la parábola del agricultor rico en Lucas 12:16-21, y el encuentro de Jesús con el joven rico en Mateo 19:16-23.

Sin Dios, el hombre está incompleto, aún en su vida mortal. Thomas Merton remarcó que el hombre no está en paz con sus semejantes, porque no está en paz consigo mismo, y que él está inquieto consigo mismo, porque no tiene paz con Dios.

La búsqueda del placer por el placer mismo, es señal de confusión interior; sin embargo, ésta es la fachada epicúrea de felicidad. Los buscadores de placeres a través de la historia, han encontrado una y otra vez que las diversiones temporales de la vida dan paso a una desesperación más profunda. Es difícil sacudirse la fastidiosa sensación de que “algo está mal.” El rey Salomón se entregó a la búsqueda de todo lo que este mundo tiene que ofrecer, y escribió sus resultados en el libro de Eclesiastés.

Salomón descubrió que el conocimiento, por sí mismo, es vano (Eclesiastés 1:12-18). Encontró que el placer y la riqueza son vanas (2:1-11), el materialismo es vanidad (2:12-23), y las riquezas son efímeras (capítulo 6).

Salomón concluyó que la vida es regalo de Dios (3:12-13) y que la única manera sabia de vivir es temiendo a Dios: “El fin de todo el discurso oído es este: Teme a Dios, y guarda Sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre. Porque Dios traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubierta, sea buena o sea mala.” (12:13-14)

En otras palabras, hay más por qué vivir que la dimensión física. Jesús enfatizó este punto cuando dijo: “No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.” (Mateo 4:4). No es el pan (material) sino la Palabra (el espiritual) lo que nos mantiene vivos. Blaise Pascal lo puso de esta manera: “Es en vano, oh hombres, que busquen dentro de ustedes mismos la cura para todas sus miserias.” El hombre sólo puede encontrar vida y plenitud cuando reconoce a Dios.

Sin Dios, el destino del hombre es la muerte. El hombre sin Dios está espiritualmente muerto; cuando su vida física se acabe, él enfrentará una muerte continua—la eterna separación de Dios. En la narración de Jesús sobre el hombre rico y Lázaro (Lucas 16:19-31), el hombre rico vive una vida suntuosa de comodidades sin pensar en Dios, mientras que Lázaro sufre a través de toda su vida, pero conoce a Dios. Es después de la muerte, que ambos hombres comprenden la gravedad de las decisiones que tomaron en vida. El hombre rico “alzó sus ojos, estando en tormentos” (16:23) en el infierno. Él se dio cuenta, demasiado tarde, de que hay más en la vida que la satisfacción de los ojos. Mientras tanto, Lázaro era confortado en el paraíso. Para ambos hombres, la corta duración de su existencia terrenal palideció en comparación con el estado eterno de sus almas.

El hombre es una creación única. Dios ha puesto el sentido de la eternidad en nuestros corazones (Eclesiastés 3:11), y ese sentido del destino eterno sólo puede encontrar su realización en Dios Mismo.
 

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